jueves, 24 de septiembre de 2015

CONSIDERACIONES SOBRE EL ORIGEN DE LA PALABRA “HUACH”



Con esta palabra se designa en Yucatán a la gente de fuera de la península, generalmente, del centro del país y viviendo en la Península. Gilbert Joseph, en Revolución desde afuera (2010: 119), le señala un origen onomatopéyico por el rechinar de las botas de los soldados alvaradistas que los meridanos oyeron el 19 de marzo de 1915.
En el Diccionario de Mejicanismos, Santamaría señala que la palabra huach (su plural es huaches, y en maya huachob; para femenino, huacha y huachas) es una voz maya “con la cual se designa en Yucatán el mejicano no nacido en ese mismo Estado”. “En lenguaje vulgar y popular de Yucatán, apodo que se da al mejicano del interior; al xilango, que dicen en Veracruz” (Santamaría, 2000: 601). Como refiere el mismo diccionario, ni lingüistas del maya yucateco como Alfredo Barrera Vásquez, tratan el vocablo, lo cual da pie a que se dude sobre su origen maya. Más bien, me inclino a pensar que tiene que ver con la entrada de los soldados mexicanos en 1915, aunque la palabra ya rondaba  con anterioridad. Si bien es cierto que en las etnografías del oriente de la Península se recoge esta palabra mayanizada (huachob), esto no implica su origen maya.
Más bien, creemos que su origen primero tiene que ver con la miríada de huastecos que llegaron a trabajar en las haciendas henequeneras y azucareras en tiempos del auge henequenero, y que se desparramaron por los pueblos de Yucatán y convivieron con las clases populares yucatecas.[1] La palabra huach puede deberse a una contracción que el castellano yucateco hizo del vocablo huachs-teco. Posteriormente, los soldados mexicanos, gente de fuera al igual que los huastecos y con similares costumbres y maneras “cantaditas” de entonar el español, tanto en tiempos porfirianos como en la Revolución y post-revolución, serían homogeneizados con el vocablo huach, y a la característica primera de gente de fuera, se le señalaría su condición militar (en el centro del país, por cierto, con la palabra “guachos” se conoce a la soldadesca lépera, Santamaría, op.cit, p. 568).
En la región de Valladolid, por huaches se conoce a los “militares” y a los extranjeros. De hecho, en las distinciones raciales y culturales que Villa Rojas recogió de la “subtribu” de Xcacal Guardia en la década de 1930, los indígenas del centro del Territorio de Quintana Roo se referían tanto de los soldados mexicanos y representantes del gobierno federal, como mexicanos o huachob considerados “lo peor de la humanidad”, y que amén de que contaban con “malas costumbres”, eran crueles y poco religiosos; los de Xcacal Guardia atribuían a los huachob la capacidad de “despedir vientos malos (kakaz-ikob) a su paso.
Lo cierto es que este vocablo, de ser un designativo de los huastecos y militares de fuera de la península, con el tiempo terminó por referirse a los mexicanos no nacidos en Yucatán y viviendo en la Península. Designación, a veces, despectiva, y otras muchas, atractivas.





[1] En la rebelión de las clases populares de la Villa de Peto de marzo de 1911, el segundo al mando que se encontraba por debajo del petuleño Elías Rivero, fue el “huasteco” Antonio Reyes, hombre que era peón adeudado de una hacienda cercana a la villa de Peto, además de que vendía sandías en el mercado de ese lugar. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

SE NOS HA IDO EL CENTENARIO


Pensé que este centenario de la entrada de Alvarado a Yucatán, al fin el maestro Jorge Alberto Canto Alcocer​ publicaría su tesis de licenciatura sobre la figura señera del revolucionario sinaloense. Su tesis es lo mejor que se ha escrito en dos décadas sobre el socialista utópico norteño.

Se nos ha ido el centenario, ya viene octubre, no creo que suceda nada interesante, esto deja ver una crisis profunda en las efemérides nuestras, somos partícipes de la mala puesta en escena de un centenario gris, con un nivel de celebración por los suelos, las discusiones en torno a lo que implicó el Alvaradismo en Yucatán se han quedado en la mesa endogámica de los expertos, de los profesionales del café y de una que otra polémica suscitada en la prensa. 

La gente de los mercados y la opinión pública amplia, como siempre, se han quedado nuevamente pensando quién coños fue Salvador Alvarado y qué fue lo que hizo para que, a cien años de distancia, todavía siga alebrestando el cotarro del conservadurismo yucateco.

jueves, 17 de septiembre de 2015

TAMULANDO PALABRAS


El verbo yucateco tamular y sus conjugaciones (tamulaste, tamulado, tamuló), no existe en el monárquico Diccionario de la Real Academia Española de la lengua, y no está registrado en el Diccionario Panhispánico de Dudas, lo que significa que ni es panhispánico, ni saca de dudas en este caso.
            Me parece muy peculiar que este verbo, al contrario del verbo anolar, que sí registra el monárquico lexicón, no aparezca registrado ni en el Panhispánico de Dudas, lo cual deja muy mal parados a escritores y académicos de la lengua en Yucatán, que no hacen bien su trabajo para dignificar el idioma de nuestros mayores.
            Y es que este verbo, que no se puede dejar de decir en las cocinas yucatecas, y que entienden muy bien los peninsulares que alguna vez en su vida han deseado preparar un chile tamulado o un “chiltomate” (no necesito decir, desde luego, que tampoco el chiltomate está registrado), es una palabra que lleva implícita el exquisito sabor y olor de la comida yucateca: se tamulan tomates, ajos, pimientas, “recados” rojos y negros, habaneros y tantos ingredientes en el molcajete, para que se haga una pasta y se haga una salsa y se anolen todos los dedos del alma.
            Amaro Gamboa, estudioso del léxico yucateco, escritor erótico y enamorado de la tierra de sus mayores, en sus siempre citables trabajos sobre el uayeismo (es decir, el habla característica del yucateco, modernizado con la disonante palabreja o palabrucha del yucatequismo) dice que el verbo tamular es un nahuatlismo, cosa rara, pues en la región central de México, de donde se escuchaba hace tiempo el náhuatl de la Conquista, no se usa, y yo en varias ocasiones me he tenido que detener en mi diálogo para explicar a mis escuchas qué es a lo que me refiero cuando digo que hay que tamular el chile después de dorarlos en el comal.
            Miguel Güémez Pineda, otro estudioso de los yucatequismos, acota que del tla-mulli náhuatl se originó esta palabra, ya en desuso en el centro del país, como antes he dicho. Tamular significa “machacar o triturar en el molcajete o mortero los chiles y otros ingredientes de la salsa del mole”, y, según Güémez Pineda, también es un verbo común de la selvática región palustre de Tabasco, y si no hay registros hasta ahora en los lexicones de los emperifollados académicos monárquicos, sí aparece registrada en el Diccionario de Mejicanismos de Santamaría, desde el remoto año de 1959.[1]
            Como vemos, la lejanía de la Península y su casi insularidad del centro del país hasta buena parte del siglo XX, desde luego que implicó algunas pervivencias lexicales del idioma español que se habla actualmente en Yucatán: al mismo tiempo que las influencias antillanas, cubanas, inglesas, galas y, desde luego, la ubicuidad y reciedumbre del maya, dieron como resultado un español yucateco que no sólo se caracteriza por esa cadencia romántica sino por su variopinta riqueza del lenguaje, y por sus vocablos de otros tiempos: albarrada, apesgar, tamular, son palabras ínsulas que recuerdan nuestro antiguo separatismo.
            Aquí, me atrevo a decir, en esta enorme y luenga península, algunos vocablos no envejecen, otros, se resisten a morir.



[1] Miguel Güémez Pineda, “Tamular y hacer yach’ o k’ut”, Sipse.com, 12 de mayo de 2015.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

TORIBIO CRUZ


Es muy lamentable, muy triste lo que he leído: la muerte de un escritor de provincia cuya pérdida tal vez no suene ni a un leve eco en la República de las letras centristas, pero para muchos que venimos de Chetumal, sabemos que algo del Chetumal que conocimos se pierde con esa ausencia infinita.  
Dos veces me lo topé en Chetumal. En una ocasión fue en unas oficinas federales, él soportaba una cola de gente y un calor tropical humedeciendo los aires acondicionados; en otra, en un evento cultural en la UQROO. Nunca dialogué con él, aunque sabía que era amigo cercano de mi maestro, Javier España, Javier siempre hacía comentarios de escritor sobre él. En una semana que me dio una fuerte jaqueca que me dejó tendido en la hamaca de un cuarto de estudiante que rentaba cerca de la universidad, leí su trabajo porque yo estaba decidido a leerme a todos los escritores chetumaleños para canibalizarlos y escribir mi todavía postergada novela chetumaleña.
Sus cuentos y relatos me parecieron bastante bien escritos, aunque me sorprendió unas cosas que contó del 68. En una ocasión que visitaba al poeta Raciel Manríquez, éste, como siempre, tenía para mí el número más reciente de la revista Río Hondo, donde publicaban no sólo poetas como Raciel, sino, en su mayoría, burócratas que tenían el prurito de escribir. Fue ahí donde, aparte de la lectura de una crónica extraña de una música extraña escrita por una sintaxis extraña de Raciel, me topé con el relato de  este escritor donde  desgranaba que estuvo del lado de los militares en el 68, porque, hay que saber,  fue militar, soldado raso, y su testimonio es importante para tener la mirada faltante de un soldado sobre la tragedia estudiantil.
Luego, pasados los años, desistió de la vida de cuartel y dejó salir su pasión por la palabra escrita. No sé cuando llegó a Chetumal, no sé si era veracruzano o de Puebla, no sé cuándo fue el enamoramiento de él con la antigua ciudad de los curvatos. Como muchos, Chetumal lo marcó hasta al punto de que decidió vivir ahí y narrar a esa ciudad y su región.

 El mejor homenaje para un escritor es leerlo y leerlo. Descanse en paz, Toribio Cruz.

martes, 15 de septiembre de 2015

Las ruinas étnicas del Quintana Roo turístico


En una entrevista concedida a El País, el antropólogo mexicano de origen catalán, Roger Bartra, señaló unas ideas que pueden servir para borronear un somero perfil –o más preciso, una interpretación individual- de la cuestión étnica actual en el estado mexicano de Quintana Roo. Recordemos que Bartra, desde el primer momento en que las modas por los “derechos indígenas” cundieron en el país a partir del 1 de enero de 1994, se declaró un crítico sistemático de esas fiebres tercianas que las “sanguijuelas de la identidad” (entre los que destacan, antropólogos, intelectuales indígenas y merolicos de todos los colores) proclamaron a voz en cuello. Sobre los derechos indígenas, Bartra apuntó que:


Al abordar el tema de los sistemas normativos étnicos quiero exponer la idea de que su carácter “indígena” es en muchos casos la transposición (real o imaginaria) de formas coloniales de dominación. Es decir, ciertos rasgos propios de la estructura colonial española han sido elevados a la categoría de elementos normativos indígenas (con peculiaridades étnicas prehispánicas). En muchos casos, estos rasgos supuestamente indígenas han sido exagerados enormemente o, incluso, han existido sólo en la mente de algunos funcionarios, políticos o intelectuales. Asistimos con frecuencia a la erección de versiones colonialoides de la realidad india, tan exóticas como el sanguinario guerrero ecuestre guaicurú o el valiente piel roja ululante de la mitología indigenista.[1]

No necesito expresar mis objeciones a esta cláusula de Bartra, las cuales he apuntado en la tesis precitada. En lo que quiero hacer énfasis es en la idea que Bartra sostiene, así como investigaciones regionales han planteado: la idea de la pérdida de la indianidad, o las ruinas étnicas del México profundo remontando multiculturalismos y globalizaciones persistentes en “un mundo desbocado”, como sostiene Giddens.
En dicha entrevista, Bartra define a México como “un país lleno de contradicciones, de estratos antiguos que coexisten con formas modernas y hasta posmodernas, un conglomerado caótico de distintas épocas…El capitalismo tardío está sufriendo importantes mutaciones. La modernidad está mutando y no sabemos hacia dónde. La globalización es una globalización llena de grietas, y eso se padece especialmente en América Latina, donde partes de la sociedad viven inmersas en la posmodernidad y otras continúan en otro siglo”.[2] No podemos concebir, no cabe en la imaginación, hacer un paralelismo entre el Guerrero Bronco, el Guerrero con altos índices de pobreza y marginación social, el Guerrero de las matazones de estudiantes normalistas y desapariciones forzadas llevadas a cabo por grupos delincuenciales y que desembocan en el afantasmamiento de comunidades enteras;[3] con el crecimiento exponencial de la economía del “tigre mexicano”, Querétaro;[4] o con la tranquilidad relativa que existe en Campeche o Yucatán. Hace mucho tiempo que Lesley Bird Simpson acuñó la frase “Muchos Mexicos” para referirse a este país cruzado por sierras, volcanes, selvas, desiertos, penínsulas extrañas y etnicidades en fuga, que hacen de México una nación puzzle sólo unificada por el homogeneizante discurso del poder central.[5]
Otra idea que puede generar polémica entre ciertos defensores a ultranza de la indianidad inmóvil, es la siguiente respuesta que Bartra dio a la pregunta de a dónde queda la cuestión indígena en México, cuestión que tuvo sus momentos estelares en 1994, en 1996 y en el 2001, y que actualmente se difumina en el cerrado círculo de los comprometidos con la cuestión, se deforma en la inquina ignorancia del gobierno actual, y se silencia con las ráfagas de la narcoviolencia:

En México la población indígena ha sido aniquilada, destrozada, mutilada. Ya son como ruinas étnicas, igual que se habla de ruinas arqueológicas. Es un país que exalta la simbología de lo indígena en el Museo Nacional de Antropología y a la vez ha dejado a los indígenas reales en proceso de disolución.[6]

¿Ruinas étnicas? Desde luego que esta frase es polémica, aunque hay que tener presente que las ruinas étnicas corren cerca de la ya clásica crisis de la antropología mexicana y el fin de los paradigmas propuestos por el INI histórico; esto es más presente que nunca. El paradigma del INI histórico se confronta actualmente con el hecho de que ya no hay “indios” que estudiar, o que los indios –y la grave desindianidad inter-generacional que ocurre actualmente- no quieren ser “objetos de estudio” y se vuelven sujetos de estudio, aunque la antropología occidental designe esta postura crítica como “el punto de vista del nativo”, o bien, escorada a la izquierda, la designe con el rimbombante eslogan de las “epistemologías del sur” y sus antropologías surianas.[7]
En Quintana Roo, soy pesimista, el turismo caníbal ha tendido todas las trampas para la disolución completa de la etnicidad, reduciéndola a folklor mal entendido, a una marca vendible al turista blanco (la mayanidad), y en donde las cotas de desbarajuste socio-económico entre "la zona maya" (centro de Quintana Roo, Lázaro Cárdenas) y la zona norte turística, han configurado eso que dice Roger Bartra: La etnicidad en ruinas y las distintas modernidades habidas entre la ruralidad alrededor de Felipe Carrillo Puerto, y la sobremodernidad existente en la zona norte del estado. Estudios recientes al respecto, han puesto los focos rojos y han previsto, tal vez de forma más pesimista aunque no errada, el mundo maya que desaparece.[8]
Es decir, mientras en Quintana Roo, unos son hasta postmodernos, otros no llegan ni al siglo XIX si a términos de salud, bienestar, educación o tecnología hablamos. A pesar de discursos creados por una pujante e inquieta mayanidad profesional en el centro de Quintana Roo (de las canciones de Pat Boy hasta los versos de Wildernain Villegas Carrillo, así como la puesta en circulación de un periódico bilingüe, La Jornada Maya, o la estructuración de un canon gramatical para el idioma maya yucateco), la pérdida y las ruinas étnicas no se pueden negar.
En 1977, un lejano año ya, dos antropólogos argentinos, Miguel Alberto Bartolomé y Alicia Barabas, sacaron un libro ya clásico, donde se profundizaba en los pareceres de Alfonso Villa Rojas sobre “la gran transformación ocurrida en el centro de Quintana Roo de 1935 a 1977[9]; esta “gran transformación”, en realidad radicaba en el brutal y continuo ataque que los órganos del Estado en la zona (desde la escuela, el INI histórico, el sistema municipal y las leyes estatales, sin qué decir del turismo) comenzaban a implementar. Más de medio cuarto de siglo, las condiciones son difíciles en ese estado para la cultura “derelicta” maya, aunque no niego que se da un proceso de culturalización del movimiento indígena en esa región, una culturalización que defiende la identidad promovida hasta por los órganos estatales, a cambio del descafeinamiento de propuestas políticas más radicales. Es decir, en palabras de Charles Hale, “el indio permitido” es el indio que folkloriza y culturaliza tenuemente. El “indio no permitido”, es el que cuestiona, critica, propone otra alternativa de poder. No necesito decir, que los derechos indígenas, en Quintana Roo, se reducen a una cómoda simulación de derechos, o cuanto más, a unos derechos, no indígenas, sino indigenistas.[10]
Y esto lo podemos ejemplificar en un caso paradigmático: mientras que tanto en Yucatán como en Quintana Roo, el CDI promueve el "rap maya" y se da cobertura a las canciones de Pat Boy (algunas de ellas, contestatarias y críticas del marasmo democrático actual) y se le pide su presencia en el rito étnico de una mayanidad impostada en el FIC Maya (este el caso del indio permitido en Yucatán), otras posturas radicales y cuestionadoras de la mentira política y la rapiña como forma de gobierno, son acalladas, ninguneadas, burladas y, en casos brutales, encarceladas por nueve meses. No necesito decir que este es el caso de Pedro Canché.
Pero entre las ruinas étnicas, las simulaciones de derechos y la folklorizacion de la cuestión étnica, las rebeldías salen a flote, Pedro Canché hace periodismo, y su trabajo mueve los cimientos de la mentira estatal.






[1] Bartra, citado en mi tesis de maestría en ciencias sociales titulada: Radiografiando la autonomía de los herederos de la Cruz Parlante: de la autonomía cruzoob a los derechos “indigenistas”, Chetumal, UQROO, 2010, p. 97.
[2] Pablo de Llano, “Bartra: ‘El individuo hiperconectado está más solo que nunca”, El País, 13 de septiembre de 2015.
[3] Sergio Ocampo Arista, “Comunidades de Guerrero, convertidas en pueblos fantasmas por la ola de violencia”, La Jornada, 20 de mayo de 2015.
[4] “Querétaro es el 'tigre' mexicano. Su economía crece a tasas muy superiores a la nacional”, Arena Pública, 10 de agosto de 2015.
[5] La influencia de la geografía en las sociedades es un tema caro para la geografía histórica, planteada magistralmente por Fernand Braudel. Aguirre Rojas, siguiendo estas ideas, describe tres Méxicos existentes en el Estado mexicano actual. Véase Carlos Aguirre Rojas, Contrahistoria de la Revolución mexicana, México, Facultad de Historia de la Universidad Michoacana, 2011, pp. 13-34,
[6] Pablo de Llano, “Bartra: ‘El individuo hiperconectado está más solo que nunca”, El País, 13 de septiembre de 2015.
[7] Cfr. Miguel Alberto Bartolomé, Procesos interculturales. Antropología del pluralismo cultural en América Latina, México, Siglo XXI, 2008; Claudio Lomnitz, “La etnografía y el futuro de la antropología en México”, Revista Nexos, 14 de noviembre de 2014.
[8] Cfr. Pedro Bracamonte y Sosa, Gabriela Solís y Jesús Lizama, Un mundo que desaparece: estudio sobre la región maya peninsular, México, CIESAS, 2011.
[9]Alfonso Villa Rojas, Los elegidos de Dios. Etnografía de los mayas de Quintana Roo, México, INI, 1987.
[10] Gilberto Avilez, Radiografiando la autonomía de los herederos de la Cruz Parlante: de la autonomía cruzoob a los derechos “indigenistas”, Chetumal, UQROO, 2010.

domingo, 13 de septiembre de 2015

UN FALSO POLEMISTA Y UN POLEMISTA COMPLETO: ANTONIO BETANCOURT PÉREZ Y PEDRO ECHEVERRÍA


Todo el gremio de las cacatúas oficiales en Yucatán, reconocen y dicen que el único polemista del siglo XX yucateco fue el "socialista" Antonio Betancourt Pérez (1907-1997). Betancourt mismo, como perfecta vedette que era,  construyó su imagen de “polemista”. Del griego πολεμιστής, combatiente, los amigos del “marxista” Betancourt lo consideraban como un escritor siempre a punto de liarse, a golpes de tinta, hasta con el vendedor de tortas de cochinita del Mercado Lucas de Gálvez.[1]
Ben Fallaw, un historiador yanqui, hasta le dedica páginas completas cuando aborda el Cardenismo en Yucatán.[2] ¿Fue en verdad Betancourt Pérez un escritor polemista yucateco? Si consideramos por polemista al escritor que, antes que nada, polemiza con el poder o con el príncipe y las versiones históricas, políticas y hasta religiosas del poder, Betancourt Pérez no fue un completo polemista. Cuanto más, lo podemos considerar como un camorrista, un sedicente y un hombre con verborrea ribeteada de un catecismo marxista.
            Vuelvo a repetir: ¿Fue Betancourt Pérez un polemista? Falso de toda falsedad, considero que Betancourt Pérez fue un camorrista indigesto pero sus polémicas las realizó dentro del sistema al cual servía hasta en sus nimias críticas, el priismo. En un artículo de 1992, Mario Vargas Llosa señaló algo que no hay que perder de vista, y con el cual podemos caracterizar la supuesta vena polémica de Betancourt Pérez: la idea de que la DICTADURA PERFECTA, para obtener la hegemonía y legitimarse ad eternum en su omnímodo y escatológico poder, recurrió, incluso, al reclutamiento de intelectuales “críticos” y “contestatarios” con el régimen dictatorial priísta. Conscientes o no, esos “intelectuales” críticos con el régimen, le hacían el favor al sistema hasta con las pedradas que le tiraban al régimen. Betancourt ni a "tirahulazos" llegó con sus Cartas peninsulares.[3] 

Como polemista del sistema y no como polemista fuera del sistema y contra el sistema,  Betancourt Pérez polemizó con Fidelio Quintal Martín, con el panista Víctor Correa Rachó, con Gilbert Joseph que llegó a decir que Felipe Carrillo Puerto permitió actos de tortura en su régimen, con el Diario de Yucatán, con el hispanista Rubio Mañé y con el neocolonialista Chamberlain, y hasta con la iglesia católica, pero esas polémicas las hizo dentro del sistema. A ver, cuestiono, ¿en qué punto de su discurso "progresista” de más de 50 años, cuestionó al gobierno?, ¿hay una sola línea de Betancourt Pérez escrita en apoyo al movimiento estudiantil a partir de 1968, qué pensó del asesinato de Efraín Calderón Lara? No hay nada sobre esos tópicos, nada de Betancourt Pérez fue contra el sillón autoritario en el cual se encamó con suma conchudez.

El único cuestionador, crítico, intelectual y hombre consecuente con sus ideas de izquierda libertaria en Yucatán, es Pedro Echeverría Várguez, un combatiente del pensamiento nacido en 1940 en el pueblo de Hocabá, cercano a Mérida. Hace falta un trabajo que de cuenta de la biografía de Pedro Echeverría. Este que escribe, apenas y se va enterando del año de su nacimiento, sin embargo, no sabemos en dónde transcurrieron sus primeros años, qué carrera eligió, qué doctorado cursó, cuándo le entró el gusto por indagar en la política pasada, qué nos puede decir de los ferrocarriles y las haciendas de Yucatán, cuál es su fórmula para escribir hasta los 75 y estar al tanto del mundo, del país y del patio? Y más, ¿fue lector de Octavio Paz, quiénes son sus autores favoritos, se declara anarquista, socialista, marxista de los últimos días, libertario?, ¿estudió antropología? ¿cómo le surgió la idea de escribir sus dazibaos y cuanto tiempo duraron sus periódicos públicos?, ¿escribirá sus memorias?, ¿cómo podemos seguir esa senda de cuestionar todo el espectro político?, ¿habrá alguien que pueda conjuntar y analizar sus escritos anticapitalistas?

Autor de indistintos temas que van desde la historia de los ferrocarriles, la educación en México y Yucatán, el socialismo y los partidos políticos en el patio y a nivel nacional; y siendo profesor en la Facultad de Arquitectura de la UADY, Echeverría escribió sobre tópicos de arquitectura y hasta de historia obrera.[5] La obra de Echeverría se mueve entre el análisis ponderado y profundo de un tema trabajado con pedagogía de viejo profesor de vieja guardia, y la virulencia de un apasionado por la justicia y la defensa de un estado mejor de cosas que el abyecto presente. Podemos citar una serie de libros que Echeverría ha dado a la estampa, pero creo que mucha de su obra se encuentra desperdigada por el mundo del internet. Un hombre de 75 años en el momento en que escribo esto, sorprende que con su edad sea tan activo, publicando y analizando desde su casa meridana.[6] Sus escritos anticapitalistas tal vez llegan a un público más amplio, que las sesudas y aburridas tesis de los académicos de misa y olla, escritas con letra profesoral (indigestas) generalmente para sus pares. Echeverría, al contrario del silencio de Betancourt Pérez, tocó tanto el movimiento estudiantil de 1968, como el asesinato del Charras[7]. Y desligándose del “viejo abuelo” de Betancourt, así como del medio millar de hagiógrafos de Carrillo Puerto, antes del libro “desmitificador” de Gilbert M. Joseph,[8] en 1985 Echeverría formulaba las siguientes reflexiones sobre el mito carrillista:

De entrada, para cuestionar ciertos dogmas, hay que hacer algunas preguntas: ¿hubiera actuado igual Carrillo Puerto en una época que no fuera precisamente la más alta de la revolución mexicana? Si Carrillo no hubiera muerto en 1924, ¿hubiera sido otra vez gobernador como lo fue Tejada o Garrido Canabal o como el mismo Obregón se reeligió? O acaso, ¿hubiera ejercido el maximato en Yucatán para luego salir desprestigiado? ¿Se pudo haber construido el socialismo en Yucatán o era la fiebre de aquellos años? O quizá para alcanzar la categoría de mártir sea necesario morir en el mejor momento y en manos de la “reacción”.[9]

Sin duda, para terminar estos apuntes sobre los dos tipos de polemistas que existen en Yucatán (los polemistas dentro del sistema, como Betancourt Pérez; y los polemistas fuera y contra el sistema, como Echeverría), podemos recordarle al reportero José Repetto Menéndez que hace falta una entrevista a profundidad con el maestro Echeverría. Los historiadores de un futuro posible se lo agradecerán.

Antonio Betancourt Pérez







[1] Cfr. Juan Duch, Antonio Betancourt Pérez, polemista e historiador, Mérida, Yucatán, Sin Editor, 1975.
[2] Ben Fallaw, “El Cardenismo en Yucatán (I, II y III). Antonio Betancourt Pérez, la educación y la izquierda en Yucatán, 1931-1937”,  Unicornio, Suplemento Cultural del Por Esto!, 13, 20 y 27 de febrero del 2000, pp. 3-9. Igualmente, véase Fallaw, Cárdenas Compromised. The failure of the Reform in Postrevolutionary Yucatán, Durham and London, Duke University Press, 2001.
[3] Mario Vargas Llosa, Sables y Utopías. Visiones de América Latina, Lima, Aguilar, 2009.
[5] Existe una separata de 31 páginas del maestro Echeverría denominado Los albañiles y la construcción en Yucatán, Mérida, UADY, Facultad de Arquitectura, 1997.
[6] Escritos anticapitalistas es el más reciente blog de Pedro Echeverría.
[7] Apunto las siguientes separatas sobre el tema escritos por Echeverría: Movimiento estudiantil de 1968: ¿Qué pasó en Yucatán?, ¿Cómo le interesó a la prensa?; El gobierno de Loret y el asesinato del Charras: ¿Cómo pudo el gobernador controlar a la prensa?
[8] Gilbert M. Joseph, Revolución desde fuera. Yucatán, México y los Estados Unidos, México, Fondo de Cultura Económica, 1992.
[9] Pedro Echeverría V., La política en Yucatán en el siglo XX (1900-1964), Mérida, Yucatán, Maldonado Editores, 1985, pp. 36-37. 

lunes, 7 de septiembre de 2015

¿Silenciaron a don Fidelio Quintal Martín?


Portada de 1933 del número 120 de La Caricatura. La bomba que la caricatura de Calles lanza a la del Box Pato vestido de terno, reza así: "Vivas en mi corazón, y en él nunca pagas renta, a tí nadie te revienta teniendo mi protección".

Después de que Fidelio Quintal Martín (1926-2014) escribiera en el Unicornio del Por Esto!, su texto sobre la matanza de Opichén[1] para recordar los 60 años de esa especie de genocidio que hiciera palpable la degradación, en tiempos del Box Pato Bartolomé García Correa, representante del Callismo en Yucatán, [2] del partido de masas refundado por don Felipe Carrillo Puerto; don Fidelio no volvería a aparecer en el índice de autores del Unicornio que colaboraron los años 1994, 1995 y 1996.[3]
El 15 de abril de 1933, tropas del ejército mexicano, 50 soldados aproximadamente, entraron entre las 5 y seis de la mañana a Opichén con el propósito aparente de desarmar a las Defensas Revolucionarias del pueblo y de las villas de Maxcanú y Muna, controladas por los hermanos Braulio y Juan Euan. Los federales entraron echando bala. Los campesinos, que los esperaban sabiendo la orden que se había dado para desarmarlos, y  que venía desde arriba, de un Callismo y Boxpatismo que buscaba la centralización del poder;[4] armados con sus viejas rémington y sus 30-30, respondieron a la provocación, y la consecuencia del tiroteo, que duró dos horas y media, fue la muerte de 38 hombres del pueblo y algunos de la villa de Maxcanú y Muna: el fuego cruzado, o para ser más exactos, las balas federales fácil entraban a las casa de embarro y paja del pueblo, segando vidas en su trayecto.
El mulato García Correa, instigador del movimiento asesino de la tropa, culpó a “los enemigos del Partido Socialista del Sureste” de instigar a los campesinos para levantarse en armas. Días después, la militarización de esa zona de Yucatán dio como consecuencia las torturas a la gente del pueblo –mayas en su mayoría- para esclarecer la verdad de unos hechos que sólo podían esclarecerse si preguntaban al Box Pato del palacio. En su pequeño ensayo, don Fidelio tuvo la impertinencia de citar un texto de un bolchevique mexicano de esos tiempos, Rafael Ramos Pedrueza, para decantar su trabajo hacia un proceso acusatorio contra el boxpatismo y el régimen callista, a 60 años de la matanza que muy poco ha sido contada porque el Boxpatismo muy pocos, salvo Ben Fallaw y otros, lo han tocado.[5] Pedrueza sostenía, que:

En el Estado de Yucatán (cuyos trabajadores han demostrado extraordinarias virtudes revolucionarias, constituyendo la vanguardia emancipadora desde los últimos tiempos del coloniaje en las luchas clasistas, y raciales posteriormente, contra la dictadura porfirista y la usurpación de Victoriano Huerta) se perpetró uno de los crímenes más repugnantes de nuestra historia contemporánea. Fue en Opichén. Las fuerzas federales a las órdenes del Jefe de Operaciones, general Méndez, en combinación con las policiacas, dependientes del Gobierno del Estado a cuyo frente estaba el profesor Bartolomé García Correa, extremando prevenciones superiores –como sucede siempre dentro del inmoral sistema capitalista cuando de halagar a los amos se presentan las oportunidades- organizaron una premeditada matanza de campesinos a quienes –siguiendo el frecuente sistema de elaborar artificialmente conspiraciones- se hicieron aparecer rebeldes a las autoridades constituidas. Numerosos trabajadores rurales fueron asesinados y otros muchos heridos, quedando un saldo de viudas y huérfanos en el desamparo y la miseria, en tanto que la sangre campesina fecundaba una vez más las tierras yucatecas y servía en su inmolación a proyectos políticos relacionados con elecciones locales vinculadas a su vez, como acaece siempre, a intereses económicos tales como posesiones de tierras, aprovechamiento de cosechas, alza o baja de cereales, fibras henequeneras y en general producciones agrícolas…El autor de esta obra cambió impresiones y recogió comentarios autorizados y dignos de crédito por venir de grupos campesinos y cultos yucatecos, interiorizados en los asesinatos de Opichén, quienes afirmaron que resultaron muchos muertos y heridos trabajadores rurales mayas, y poquísimos soldados federales, por lo que en su concepto no fue un combate entre ambos bandos, sino un homicidio colectivo, organizado por autoridades locales y federales”.[6]

Don Fidelio, que fue prolífico siempre en sus reseñas de libros ese año de 1993, y en el que colaboró con cinco ensayos,[7] no volvió a escribir en el Unicornio en 1994, 1995 y 1996.[8] Esto es extrañísimo, conociendo la obsesión por la lectura y el comentario que tenía don Fidelio (véase su Autobiografía de un maestro rural).
El texto de Quintal Martín sobre Opichén apareció en agosto de 1993, en el número 126 del Unicornio. La "bibliofilia" de don Fidelio, en la que reseñaba libros, todavía apareció hasta el número 136 del Unicornio. Después de ese año, al parecer los censores oficiales, los herederos del Boxpatismo priista, los historiadores de broncíneos cascos casquivanos, reaccionaron y simplemente, arguyo, se dio el pitazo para silenciar en las prensas de ese diario, por un momento a este marxista nativo de Muna, cuyo recuerdo de la matanza de Opichén no se dio revisando los periódicos o por pláticas de sus mayores. Resulta que diez de los 38 muertos de la matanza, así como 8 heridos, eran de Muna. Tanto a los muertos como a los heridos, los trajeron de regreso al pueblo en una carreta desvencijada: a unos para curarlos, y a otros para darles cristiana sepultura en el solitario cementerio de Muna. Era una caravana fúnebre, con olor a pólvora y a sangre derramada, una vez más, de los excluidos y parias de esta tierra. Sin previo aviso, la carreta se detuvo en la puerta de la familia Quintal Martín. Fue ahí donde Fidelio, el niño, vería tan desagradable escena que años después trataría de exorcizar mediante la escritura.[9]
En el 2013, antes de que muriera, quise entrevistar a don Fidelio para, entre otras cosas que tenían que ver con la Guerra de Castas, preguntarle por ese silencio suyo en el Unicornio después del último ensayo que escribiera sobre la matanza de Opichén. La carga de trabajo en los archivos meridanos y en la escritura, me impidió hacerle esa pregunta. En su autobiografía, Fidelio, como su nombre al parecer lo indica, un hombre del sistema al fin y al cabo, guardó un silencio fiel. Volvió a escribir, desde luego, en el Por Esto; y años después salieron dos libros más de él en su larga y fructífera vida de autodidacta; y en el 2013, a Fidelio se  les concedió el premio de Maestro Distinguido, irónicamente, en el año en que se  conmemoraba el 80 aniversario de la matanza de Opichén.
Pero mi duda y mi pregunta que le quise hacer a don Fidelio, permanece: ¿Significa Opichén un hoyo negro en la historiografía yucateca?, ¿por qué se persiste en el silenciamiento?[10]
De ahí mi interés por el Callismo en Yucatán, tocado malamente por una historiografía deficiente.[11] Quiero hincarle el diente a la matanza de Opichén, 1933, como objetivo primero, pero igual es mi interés trabajar sobre la figura del Box Pato en Yucatán. Fuentes del AGN y del Diario del Sureste, para lo de Opichén, se deberían contrastar con otras. Visitaré uno de estos días la hemeroteca nacional para cruzar las fuentes del AGN y del Diario del Sureste que tengo, consultando los periódicos Excélsior y El nacional. Igualmente, creo que es necesario consultar el Archivo Calles-Torreblanca.
Lo dicho hasta ahora sobre Opichén, ennegrece más al callismo en su versión boxpatista en Yucatán. Pero lo que no se dice, hasta ahora, es que selectos miembros de la clase intelectual yucateca estuvieron en connivencia perruna con el Box Pato después de la matanza. Ellos de algún modo ayudaron a olvidar lo sucedido, nadie escribió nada, nadie dejó constancia de lo sucedido.


Fidelio Quintal Martín. 






[1] Cfr. Fidelio Quintal Martín, “Opichén, 1933”. Unicornio, suplemento cultural del Por Esto!, 4 de julio de 1933, pp. 3-11.
[2] Sobre el Box Pato, véase igual el artículo de Fidelio Quintal Martín, “La carrera política de Bartolomé García Correa. El Box Pato”. Unicornio, suplemento cultural del Por Esto!, 7 de marzo de 1993, pp. 3-6.
[3] Cotéjese Índice del No. 145 al No. 195, Suplemento Cultural Unicornio”, Por Esto!, 25 de diciembre de 1994, “Índice Unicornio del No. 196 al No. 248, 1995, Suplemento Cultural Unicornio”, Por Esto!, 31 de diciembre de 1995, “Índice del No. 249 al No. 300, 1996, Suplemento Cultural Unicornio”, Por Esto!, 29 de diciembre de 1996, pp. 20-22.
[4] Si en los primeros años del proceso revolucionario en Yucatán, como dijera Gilbert Joseph, el Estado postrevolucionario que se formaba gobernó de la mano de los hombres fuertes de los pueblos y de las regiones, a fines de 1920 y casi toda la década de 1930, la consolidación del Callismo, y luego el Cardenismo, tendió cada vez más a la centralización, y las viejas prácticas –el gobierno con hombres fuertes del pueblo- entró a un proceso de centralización y, desde luego, de institucionalazición. Box Pato no tenía tratos amistosos con los Euan de Opichén, hombres que venían desde tiempos de Carrillo Puerto.
[5] Ben Fallaw, Cárdenas Compromised. The failure of the Reform in Postrevolutionary Yucatán, Durham and London, Duke University Press, 2001.
[6] Rafael Ramos Pedrueza, La lucha de clases a través de la historia de México, Talleres Gráficos de la Nación, México, 1941, pp. 354-356, citado por Fidelio Quintal, op.cit.
[7] Véase “Índice del No. 93 al No. 144. Suplemento Cultural Unicornio”, Por Esto!, 26 de diciembre de 1993.
[8] No tengo a mano la consulta de los siguientes años, pero al parecer, escribió poco.
[9] Fidelio Quintal Martín. Autobiografía de un maestro rural, Mérida, Academia Mexicana de la Educación, A.C, 2002.
[10] Existe una tesis del lejano año de 1988 de la Facultad de Ciencias Antropológicas de la UADY, escrita por Eduardo José Joaquín Ruz Hernández, y denominada “Matanza de campesinos en Opichén : un ensayo para la interpretación de la historia contemporánea de la sociedad yucateca”.
[11] Me refiero a la tesis de maestría de Fernando Pacheco Bailón, Transición política en Yucatán, 1929-1934, Mérida, CIESAS.