lunes, 28 de septiembre de 2015

La polémica de 1980 en el Año de Salvador Alvarado: Francisco Solís Aznar contra Faulo Sánchez Novelo, y la Carta abierta de Víctor Suárez Molina a este último, y contrarrespuesta a Súarez Molina

Faulo Sánchez Novelo entre dos estantes de la Biblioteca Yucatanense, Mérida, Yucatán.


Para abonar a la celebración de la entrada de Salvador Alvarado a Yucatán, inserto en este blog dos polémicas suscitadas en 1980 en el que se confrontaron dos ideas del Alvaradismo en Yucatán: una establecida por un artículo aparecido en "El reaccionario de la Vida Peninsular", y escrita por un miembro de la "ultrasuper derecha yucateca", Francisco Solís Aznar. El otro punto lo sostenía un joven periodista de 27 años apenas, que en ese mismo año obtendría el grado de licenciado en antropología en la universidad de Yucatán, y que escribiría, años después, sobre El Kanxoc Traconis, haría la crónica de la rebelión delahuertista, y participaría en las páginas culturales de varios diarios contrarios al "reaccionario de la Vida Peninsular". Me refiero a Faulo Sánchez Novelo (1953), actual director de la Biblioteca Yucatanense. No se dio la respuesta y contrarrespuesta en en este primer match. Posteriormente, un historiador completo de la historia económica de Yucatán, Víctor Suárez Molina, heredero selecto de la Casta Divina, escribiría en el Diario de Yucatán una Carta Abierta a Faulo Sánchez. Este novel historiador, no arredrándose ante tremendo señor historiador, respondería e intentaría refutar a la reacción, sin embargo, el Diario conservador de Yucatán no le daría cabida a la carta que Faulo enviara, y esta polémica, así como otras, tendrían que aparecer en el último número de la revista Textos y testimonios en el año de Salvador Alvarado, de noviembre-diciembre de 1980. 

Esta serie de documentos que inserto, lo trato e interpreto, con más extensión, en un re-escrito y ampliado artículo mío llamado "La modernidad Alvaradista contra la fe de las tinieblas: a 100 años de la entrada de lo huaches a Mérida", un texto donde confronto las polémicas suscitadas hace 100 años cuando se dio la entrada de Alvarado a Mérida, analizo y objeto a sus detractores como Rosado Vega, Acereto y Gamboa Ricalde, y me meto a polemizar contra los Grosjean et al, actuales herederos de una interpretación oscurantista y falaz del Alvaradismo en Yucatán, que repiten los mismos lugares comunes que en su momento Alvarado, Sánchez Novelo, Quintal Martín y tantos otros antes que yo, rebatieron y confrontaron.

Nota: Puede dar click a las fotografías para ampliarlas y tener mayor resolución.

Fotografía 1: El artículo de Francisco Solís Aznar.



Fotografía 2: Continuación del artículo de Solís Aznar.


Fotografía 3: Sigue el artículo de Solís.



Fotografía 4: La respuesta de Faulo Sánchez Novelo: "Ninguna calumnia puede opacar la obra de Alvarado".


Fotografía 5: "Ninguna calumnia..."



Fotografía 6: Ninguna calumnia..del analista cicatero.


Fotografía 7: Ninguna calumnia...


Fotografía 8: Carta abierta a Faulo Sánchez Novelo, escrita por Víctor Súarez Molina


Fotografía 9: Carta abierta...


Fotografía 10: Carta abierta.


Fotografía 11: Carta...



Fotografía 12: Fin da la Carta Abierta.


Fotografía 13: Carta a Víctor Súarez Molina. Refutación a interesados infundios reaccionarios.


Fotografía 14: Refutación...



Fotografía 15: Refutación

Fotografía 16: Refutación


Fotografía 17: Refutación

Fotografía 18: Refutación



domingo, 27 de septiembre de 2015

La joven Uj y el enardecido K’iin



En varios pueblos yucatecos se ha visto el eclipse de la luna virgen, la luna entintada con la sangre del himeneo.
En esta noche, en ese avispero de pueblos comidos por las leyendas y las creencias milenarias, la gente ha salido con cacerolas a combatir la pelea de los dioses de los cielos, haciendo bulla y alharaca de albarrada en albarrada, jalándole la cola a los perros para que estos lloren y ladren contra el silencio y la noche, algunos ululando, otros gritando en la lengua de los cenotes y las milpas, unos más prendiendo cohetes voladores en plena plaza de pueblo solitaria, dos que tres reventando descargas a la luna cenicienta con sus carabinas oxidadas.
A las mujeres embarazadas las encerraron en lo más profundo de la casa mestiza o la choza india, les han prohibido ver a la diosa nocturna "Uj", en peleas maritales con el enardecido sol, “K’iin”, pues donde el rayo de una luna montada por K’iin dé en el cuerpo de las próximas a parir, ahí estará el beso de la luna, la chibaluna, en el cuerpo de la criatura.
            Todo se calla luego en esos pueblos perdidos de Yucatán, los hombres, bajando las escopetas, ven regresar del lecho de amor a la joven Uj nuevamente. Ya puedes salir, mujer, ya no hay peligro de un beso.


viernes, 25 de septiembre de 2015

El monumento al chiclero en Escárcega, Campeche: ¿y cuándo se erigirán otros en Yucatán y Quintana Roo?




Más que a chicleros campechanos, el monumento al chiclero erigido por el gobierno de Campeche y autoridades locales del municipio de Escárcega, debe representar a los chicleros peninsulares (de los tres estados de la península), a los míticos tuxpeños, a los del centro del país, de Guerrero, de Tabasco, de Oaxaca, de Jalisco, de Belice, de Guatemala, pues de todas partes arribaron los olvidados chicleros, durante el tiempo de ruido y furia de "la hojarasca chiclera” (1900-1950).
Y esto lo digo porque pueblos y ciudades que hoy pueblan la región chenera y la región cercana a Quintana Roo, fueron otrora hatos chicleros donde convivían una miríada de hombres, mujeres y niños, de procedencia diversa. Estas localidades, sembradas en lo que fue algún tiempo La Montaña Chiclera, tienen sus orígenes en la ola migratoria de chicleros de diversas partes de la república.
Hay que alabar a los campechanos por el monumento a estos míticos chicleros, que hoy sólo los recuerdan las personas de los pueblos que en un tiempo fueron chicleros, así como unos cuantos historiadores de la temática del chicle. Hay que alabarlos, y señalar a un tiempo lo olvidadizos y poco agradecidos que son los gobiernos yucatecos y quintanarroenses por estos hombres y mujeres que drenaron la economía regional.
Ellos, esos hombres del machete moruna y machete pando, forjaron más de un destino, ellos construyeron riquezas regionales e internacionales, ellos igual se jugaron la vida en los bosques tropicales para dar al mundo la resina con que se hacía el chicle. Durante las dos guerras mundiales y la guerra de Corea, junto con la morfina sinaloense, iba el chicle extraído de las venas forestales de la Península de Yucatán, y este chicle servía como recurso indispensable y de primera necesidad, para los soldados yanquis: los efectos tranquilizantes del chicle maya, son legendarios, los sabios mayas lo sabían.
Este monumento, esperemos que no sea el único, pues en pueblos yucatecos como Peto, Chemax, Tzucacab, o en varias localidades de Quintana Roo, igual se tiene una deuda histórica para con ellos.

jueves, 24 de septiembre de 2015

CONSIDERACIONES SOBRE EL ORIGEN DE LA PALABRA “HUACH”



Con esta palabra se designa en Yucatán a la gente de fuera de la península, generalmente, del centro del país y viviendo en la Península. Gilbert Joseph, en Revolución desde afuera (2010: 119), le señala un origen onomatopéyico por el rechinar de las botas de los soldados alvaradistas que los meridanos oyeron el 19 de marzo de 1915.
En el Diccionario de Mejicanismos, Santamaría señala que la palabra huach (su plural es huaches, y en maya huachob; para femenino, huacha y huachas) es una voz maya “con la cual se designa en Yucatán el mejicano no nacido en ese mismo Estado”. “En lenguaje vulgar y popular de Yucatán, apodo que se da al mejicano del interior; al xilango, que dicen en Veracruz” (Santamaría, 2000: 601). Como refiere el mismo diccionario, ni lingüistas del maya yucateco como Alfredo Barrera Vásquez, tratan el vocablo, lo cual da pie a que se dude sobre su origen maya. Más bien, me inclino a pensar que tiene que ver con la entrada de los soldados mexicanos en 1915, aunque la palabra ya rondaba  con anterioridad. Si bien es cierto que en las etnografías del oriente de la Península se recoge esta palabra mayanizada (huachob), esto no implica su origen maya.
Más bien, creemos que su origen primero tiene que ver con la miríada de huastecos que llegaron a trabajar en las haciendas henequeneras y azucareras en tiempos del auge henequenero, y que se desparramaron por los pueblos de Yucatán y convivieron con las clases populares yucatecas.[1] La palabra huach puede deberse a una contracción que el castellano yucateco hizo del vocablo huachs-teco. Posteriormente, los soldados mexicanos, gente de fuera al igual que los huastecos y con similares costumbres y maneras “cantaditas” de entonar el español, tanto en tiempos porfirianos como en la Revolución y post-revolución, serían homogeneizados con el vocablo huach, y a la característica primera de gente de fuera, se le señalaría su condición militar (en el centro del país, por cierto, con la palabra “guachos” se conoce a la soldadesca lépera, Santamaría, op.cit, p. 568).
En la región de Valladolid, por huaches se conoce a los “militares” y a los extranjeros. De hecho, en las distinciones raciales y culturales que Villa Rojas recogió de la “subtribu” de Xcacal Guardia en la década de 1930, los indígenas del centro del Territorio de Quintana Roo se referían tanto de los soldados mexicanos y representantes del gobierno federal, como mexicanos o huachob considerados “lo peor de la humanidad”, y que amén de que contaban con “malas costumbres”, eran crueles y poco religiosos; los de Xcacal Guardia atribuían a los huachob la capacidad de “despedir vientos malos (kakaz-ikob) a su paso.
Lo cierto es que este vocablo, de ser un designativo de los huastecos y militares de fuera de la península, con el tiempo terminó por referirse a los mexicanos no nacidos en Yucatán y viviendo en la Península. Designación, a veces, despectiva, y otras muchas, atractivas.





[1] En la rebelión de las clases populares de la Villa de Peto de marzo de 1911, el segundo al mando que se encontraba por debajo del petuleño Elías Rivero, fue el “huasteco” Antonio Reyes, hombre que era peón adeudado de una hacienda cercana a la villa de Peto, además de que vendía sandías en el mercado de ese lugar. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

SE NOS HA IDO EL CENTENARIO


Pensé que este centenario de la entrada de Alvarado a Yucatán, al fin el maestro Jorge Alberto Canto Alcocer​ publicaría su tesis de licenciatura sobre la figura señera del revolucionario sinaloense. Su tesis es lo mejor que se ha escrito en dos décadas sobre el socialista utópico norteño.

Se nos ha ido el centenario, ya viene octubre, no creo que suceda nada interesante, esto deja ver una crisis profunda en las efemérides nuestras, somos partícipes de la mala puesta en escena de un centenario gris, con un nivel de celebración por los suelos, las discusiones en torno a lo que implicó el Alvaradismo en Yucatán se han quedado en la mesa endogámica de los expertos, de los profesionales del café y de una que otra polémica suscitada en la prensa. 

La gente de los mercados y la opinión pública amplia, como siempre, se han quedado nuevamente pensando quién coños fue Salvador Alvarado y qué fue lo que hizo para que, a cien años de distancia, todavía siga alebrestando el cotarro del conservadurismo yucateco.

jueves, 17 de septiembre de 2015

TAMULANDO PALABRAS


El verbo yucateco tamular y sus conjugaciones (tamulaste, tamulado, tamuló), no existe en el monárquico Diccionario de la Real Academia Española de la lengua, y no está registrado en el Diccionario Panhispánico de Dudas, lo que significa que ni es panhispánico, ni saca de dudas en este caso.
            Me parece muy peculiar que este verbo, al contrario del verbo anolar, que sí registra el monárquico lexicón, no aparezca registrado ni en el Panhispánico de Dudas, lo cual deja muy mal parados a escritores y académicos de la lengua en Yucatán, que no hacen bien su trabajo para dignificar el idioma de nuestros mayores.
            Y es que este verbo, que no se puede dejar de decir en las cocinas yucatecas, y que entienden muy bien los peninsulares que alguna vez en su vida han deseado preparar un chile tamulado o un “chiltomate” (no necesito decir, desde luego, que tampoco el chiltomate está registrado), es una palabra que lleva implícita el exquisito sabor y olor de la comida yucateca: se tamulan tomates, ajos, pimientas, “recados” rojos y negros, habaneros y tantos ingredientes en el molcajete, para que se haga una pasta y se haga una salsa y se anolen todos los dedos del alma.
            Amaro Gamboa, estudioso del léxico yucateco, escritor erótico y enamorado de la tierra de sus mayores, en sus siempre citables trabajos sobre el uayeismo (es decir, el habla característica del yucateco, modernizado con la disonante palabreja o palabrucha del yucatequismo) dice que el verbo tamular es un nahuatlismo, cosa rara, pues en la región central de México, de donde se escuchaba hace tiempo el náhuatl de la Conquista, no se usa, y yo en varias ocasiones me he tenido que detener en mi diálogo para explicar a mis escuchas qué es a lo que me refiero cuando digo que hay que tamular el chile después de dorarlos en el comal.
            Miguel Güémez Pineda, otro estudioso de los yucatequismos, acota que del tla-mulli náhuatl se originó esta palabra, ya en desuso en el centro del país, como antes he dicho. Tamular significa “machacar o triturar en el molcajete o mortero los chiles y otros ingredientes de la salsa del mole”, y, según Güémez Pineda, también es un verbo común de la selvática región palustre de Tabasco, y si no hay registros hasta ahora en los lexicones de los emperifollados académicos monárquicos, sí aparece registrada en el Diccionario de Mejicanismos de Santamaría, desde el remoto año de 1959.[1]
            Como vemos, la lejanía de la Península y su casi insularidad del centro del país hasta buena parte del siglo XX, desde luego que implicó algunas pervivencias lexicales del idioma español que se habla actualmente en Yucatán: al mismo tiempo que las influencias antillanas, cubanas, inglesas, galas y, desde luego, la ubicuidad y reciedumbre del maya, dieron como resultado un español yucateco que no sólo se caracteriza por esa cadencia romántica sino por su variopinta riqueza del lenguaje, y por sus vocablos de otros tiempos: albarrada, apesgar, tamular, son palabras ínsulas que recuerdan nuestro antiguo separatismo.
            Aquí, me atrevo a decir, en esta enorme y luenga península, algunos vocablos no envejecen, otros, se resisten a morir.



[1] Miguel Güémez Pineda, “Tamular y hacer yach’ o k’ut”, Sipse.com, 12 de mayo de 2015.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

TORIBIO CRUZ


Es muy lamentable, muy triste lo que he leído: la muerte de un escritor de provincia cuya pérdida tal vez no suene ni a un leve eco en la República de las letras centristas, pero para muchos que venimos de Chetumal, sabemos que algo del Chetumal que conocimos se pierde con esa ausencia infinita.  
Dos veces me lo topé en Chetumal. En una ocasión fue en unas oficinas federales, él soportaba una cola de gente y un calor tropical humedeciendo los aires acondicionados; en otra, en un evento cultural en la UQROO. Nunca dialogué con él, aunque sabía que era amigo cercano de mi maestro, Javier España, Javier siempre hacía comentarios de escritor sobre él. En una semana que me dio una fuerte jaqueca que me dejó tendido en la hamaca de un cuarto de estudiante que rentaba cerca de la universidad, leí su trabajo porque yo estaba decidido a leerme a todos los escritores chetumaleños para canibalizarlos y escribir mi todavía postergada novela chetumaleña.
Sus cuentos y relatos me parecieron bastante bien escritos, aunque me sorprendió unas cosas que contó del 68. En una ocasión que visitaba al poeta Raciel Manríquez, éste, como siempre, tenía para mí el número más reciente de la revista Río Hondo, donde publicaban no sólo poetas como Raciel, sino, en su mayoría, burócratas que tenían el prurito de escribir. Fue ahí donde, aparte de la lectura de una crónica extraña de una música extraña escrita por una sintaxis extraña de Raciel, me topé con el relato de  este escritor donde  desgranaba que estuvo del lado de los militares en el 68, porque, hay que saber,  fue militar, soldado raso, y su testimonio es importante para tener la mirada faltante de un soldado sobre la tragedia estudiantil.
Luego, pasados los años, desistió de la vida de cuartel y dejó salir su pasión por la palabra escrita. No sé cuando llegó a Chetumal, no sé si era veracruzano o de Puebla, no sé cuándo fue el enamoramiento de él con la antigua ciudad de los curvatos. Como muchos, Chetumal lo marcó hasta al punto de que decidió vivir ahí y narrar a esa ciudad y su región.

 El mejor homenaje para un escritor es leerlo y leerlo. Descanse en paz, Toribio Cruz.