miércoles, 16 de septiembre de 2015

TORIBIO CRUZ


Es muy lamentable, muy triste lo que he leído: la muerte de un escritor de provincia cuya pérdida tal vez no suene ni a un leve eco en la República de las letras centristas, pero para muchos que venimos de Chetumal, sabemos que algo del Chetumal que conocimos se pierde con esa ausencia infinita.  
Dos veces me lo topé en Chetumal. En una ocasión fue en unas oficinas federales, él soportaba una cola de gente y un calor tropical humedeciendo los aires acondicionados; en otra, en un evento cultural en la UQROO. Nunca dialogué con él, aunque sabía que era amigo cercano de mi maestro, Javier España, Javier siempre hacía comentarios de escritor sobre él. En una semana que me dio una fuerte jaqueca que me dejó tendido en la hamaca de un cuarto de estudiante que rentaba cerca de la universidad, leí su trabajo porque yo estaba decidido a leerme a todos los escritores chetumaleños para canibalizarlos y escribir mi todavía postergada novela chetumaleña.
Sus cuentos y relatos me parecieron bastante bien escritos, aunque me sorprendió unas cosas que contó del 68. En una ocasión que visitaba al poeta Raciel Manríquez, éste, como siempre, tenía para mí el número más reciente de la revista Río Hondo, donde publicaban no sólo poetas como Raciel, sino, en su mayoría, burócratas que tenían el prurito de escribir. Fue ahí donde, aparte de la lectura de una crónica extraña de una música extraña escrita por una sintaxis extraña de Raciel, me topé con el relato de  este escritor donde  desgranaba que estuvo del lado de los militares en el 68, porque, hay que saber,  fue militar, soldado raso, y su testimonio es importante para tener la mirada faltante de un soldado sobre la tragedia estudiantil.
Luego, pasados los años, desistió de la vida de cuartel y dejó salir su pasión por la palabra escrita. No sé cuando llegó a Chetumal, no sé si era veracruzano o de Puebla, no sé cuándo fue el enamoramiento de él con la antigua ciudad de los curvatos. Como muchos, Chetumal lo marcó hasta al punto de que decidió vivir ahí y narrar a esa ciudad y su región.

 El mejor homenaje para un escritor es leerlo y leerlo. Descanse en paz, Toribio Cruz.

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